EL BLOG COMPARTIDO

miércoles, 19 de mayo de 2010

RELATOS AJENOS: Persona. Hombre o mujer, individuo de la especie humana...

..
                                     

 ..

EL CAPITAN TOPPSON  Y  SU  ISLA
(Primera Parte)

Os diré primero quién era Toppson, después hablaremos de su isla.
El capitán Jerónimo Toppson, nacido en las costas de Betania, era el propietario único de su goleta "Voladora", cuya tripulación  no  tan numerosa como seleccionada, dirigía él mismo con la pericia adquirida durante cuarenta años de servicios a favor de la marina mercante y las frecuentes novelas de mar, interesantes narraciones enmarcadas por la inmensa superficie líquida o por los confines de una isla salvaje. 

Los viajes habían hecho de Toppson un hombre inteligente y medianamente culto; los años,  borrando los ímoetus juveniles, propensos al orgullo y a la ira, habían dulcificado su carácter. Era, pues, amable, sencillo, ocurrente a veces, parlanchín siempre, fácil a la risa, predispuesto a disculpar las ajenas faltas...
Así era el capitán Toppson.
Así era el capitán Toppson antes de descubrir su isla. Porque Toppson descubrió una isla, cierta mañana, mediada ya la travesía, al Sur de la Patagonia y próxima a la denominada Isla de Fuego.
Advirtió, con ayuda de su catalejo, el montículo, que era una manchita de barro ya seco caída sobre el color verdeazul del mar; dió ordenes para que la embarcación pusiera proa a ella, y minutos más tarde, con voz que la emoción hacia trémula, clamaba:
-¡Una isla! ¡He descubierto una isla!
Era cierto. En las cartas geográficas, consultadas poco después, no fué hallada indicación alguna que marcase la existencia de aquel trozo de tierra.
Con el convencimiento aumentó la alegría. Toppson fué abrazando uno por uno a todos los tripulantes de "La Voladora". Luego, rendido por los esfuerzos realizados y por la impresión sufrida, se dejó caer sobre el lecho de su camarote, entre las miradas devotas de sus compañeros.
-Convedría radiografiar a Betania dando cuenta del descubrimiento-dijo Claster, segundo de a bordo.
-¡Claro que convendría!-afirmó Toppson.
Y el mismo redactó el radiograma. Decía así:"Capitán de la "Voladora" a presidente de la República de Betania. Descubierta isla en Océano Pacifico a los 60 grados de longitud. Contesten rápidamente".
-¡Un día grande para nuestra amada nación!-dijo uno.
-¡Viva Betania!- gritó otro.
-¡Viva nuestro capitán!- dijeron a la vez todos.
Toppson tuvo que hacer un esfuerzo para evitar que las lágrimas agolpadas en sus ojos corrieran por las mejillas camino de la blanca sotabarba.
Al siguiente día se recibió el radiograma de respuesta, concebido en estos términos:"Presidente de Betania a capitán de la Voladora. Nos alegramos mucho."
Nada más.
Toppson meditó largo rato el lacónico mensaje. Esperaba una contestación más rápida, más amplia y, sobre todo, más afectuosa. Y aquel "nos alegramos mucho" tenía una algo de fingida cortesía, de educación hecha tópico, a la par que un mucho de burlona y desgarrada exclamación.
-No se te hace raro, Claster?
Claster abrió los ojos ante la inesperada pregunta, sonrió luego y dijo:
-No se me hace raro, capitán. Dicen que se alegran.
Y es que Claster imaginaba la alegria nacional hecha acordes de bandas militares, estampidos de cohetes,  policromía de colgaduras y resplandores de iluminaciones callejeras.
-No se me hace raro, no. ¿Por qué se va a hacer raro?
Fondeó la "Voladora" en el puerto de la capital de Betania y su capitán saltó a tierra henchido el pecho de nuevas esperanzas. Un segundo radiograma, cursado desde la goleta poco antes, habia advertido de su próxima llegada a la Patria, y, aunque sin contestación a él, Toppson, desechados ya los antiguos temores, confiaba en el efecto de la noticia.
Siendo niño -aún lo recordaba- presenció los festejos celebrados con motivo del centenario de Marki, el héroe nacional.
¿Cómo no esperar ahora una reproducción de aquéllos ya que él también, por su descubrimiento, merecía la gratitud de sus compatriotas y la admiración del mundo entero?
Más he aquí que la población recibió a Toppson con gesto adusto. Y Toppson cruzó por ella con rápido paso, como si aquella indiferencia fuese, no ya una desilusión, sino un insulto a su personalidad.
Llegó ante un enorme edificio reproducido con variado colorido en los sellos de correos; se adentró en él, ascendió por una marmórea escalinata, interrogó a un hombre caprichosamente vestido, penetró en una estancia, decorada en rojo, ocupó un sillón, encendió su cachimba, miró al techo, en el que unas matronas desnudas y rodeadas de nubes ofrecían coronas de laureles a un sol blanco, nitido, en cuyo centro unas letras en oro rezaban "Patria"; eligió luego, de entre las colocadas en una mesita cercana, una revista que hojeó sin poder detenerse más de medio minuto en cada una de sus páginas; encendió de nuevo la cachimba; arrojó la revista ilustrada sobre la mesa y recogió otra...
Dos horas después se entreabría una puerta.
-El señor presidente le espera.
Toppson se puso en pie, dió uos pasos y se halló ante un vejete de simpático aspecto y sonrisa plácida.
-Dígame en qué puedo servirle.
-Me llamo Toppson y son el capitán de la Voladora.Supongo que recibiría usted mi radiograma y que, por lo tanto, estará usted enterado...
El vejete de la sonrisa plácida afirmó:
-¡Sí, claro! Pero yo creía que era una broma. ¡Es tan extraordinario eso de descubrir islas ahora que están todas descubiertas...!
-¡La mía no lo estaba, señor!
-¡Me alegro mucho!
-No basta que se alegre usted -repuso Toppson-;es preciso que se alegre la nación entera y que yo reciba una recompensa.
-¡Ah! Pues nada, muy bien; escriba una instancia manifestando sus pretensiones...
-Prefiero hablar a escribir. Voy a exponerle lo que diría en esa instancia. Primero quiero que la isla lleve mi nombre;segundo, deseo que pertenezca a está nación, y tercero, pido que se me asigne una renta vitalicia que me permita vivir tranquilo el resto de mis dias.
El vejete, que había ido asintiendo con leves movimiento de cabeza, dijo al terminar Toppson:
-No creo que haya inconveniente en complacerle en las dos primeras peticiones. En cambio en la última...Betania, querido capitán, atraviesa por una crítica situación económica que le impide gravar sus presupuesto. Únicamente si la isla fuese productiva...Dígame; ¿Es grande? ¿Tiene árboles? ¿Pueden lograrse plantaciones de productos apreciados en el mercado mundial?..
-No, señor; la isla no tiene árboles, ni puede ser habitada, ni admite explotaciones agrícolas de ninguna clase. La isla es pequeña; de un metro cuadrado, a lo sumo.
-El descubrir una isla de ese tamaño no tiene mérito.
Toppson cruzó los brazos sobre el pecho.
-¡Si fuese una isla grande sí que el descubrimiento no tendría mérito!-chilló , indignado ya-.¡Lo difícil, señor presidente, es descubrirla siendo tan pequeña, tan poco perceptible! ¡Sólo de mala fe puede razonarse como usted razona! ¡De mala fe, sí! ¿Cree usted, acaso, que no he advertido el complot en que intentan ustedes envolverme?¡Haría falta ser tonto o estar ciego!¡Pero, como afortunadamente no soy ni lo uno ni lo otro, lucharé contra todos y a pesar de todos!¡Buenos dias!


De regreso a la "Voladora", el capitán Toppson fué haciendo ideas y planes de combate  toda la ira aprisionada en su pecho.
Cuando llegó a la goleta, estaba plenamente convencido;primero de que enemigos ocultos y poderosos-naciones extranjeras quizá-habían comprado la voluntad del presidente de la República;segundo, de aquellas naciones tenían, por lo tanto, un enorme interés en que la isla no fuera de Betania, y tercero, de que él, Jerónimo Toppson, había comenzado a sufrir prematuramente el calvario que a todo hombre grande le depara la estupidez de los humanos, incrédulos, envidiosos o ignorantes.
Cierto que en uso del perfecto derecho que le correspondía como descubridor de la isla podía hacer con ésta lo que le viniera en gana; pero -se preguntaba-,¿el qué? ¿A qué podía dedicarla? Una isla-reconoció- es algo sin verdadera utilidad práctica.
-Eso si- pensó seguidamente-, puedo venderla a esas naciones enemigas cuya influencia ha conquistado al presidente de la República.
Pero una vaga  inquietud, atacando su honor de buen patriota, le hizo desistir al punto de ese proyecto. ¡Nunca! ¡El capitán Jerónimo Toppson no podía hacer traición a su Patria!
(Recordó las matronas desnudas y rodeadas de nubes que decoraban el techo de la antesala presidencial.)
Y de improviso una idea le hizo desmesurar los ojos, darse una palmada con la diestra en la frente sudorosa y gritar a la tripulación:
-¡Soltad las amarras! ¡Pronto, soltad las amarras!¡Hemos de llegar cuanto antes a mi isla!
La operación fué fácil. Bastaron, para realizarla, una azada, una pala, una espuerta y la energia furiosa del capitán Toppson.
La pequeña isla, herida por la picadura de hierro, fué desangrando su tierra y ésta transportada a bordo de la Voladora por el mismo Toppson, que no quiso utilizar los servicios de sus subordinados.


A las tres horas de trabajo incesante, el montículo terroso no rompía la monótona extensión marítima. ¡La isla era mía; pero ya no será de nadie!
La sonrisa de triunfo no pudo contener el fluir de las lágrimas. Para ocultarlas, Toppson fingió un bostezo y principió a silbar una canción muy en boga durante su juventud.


                                FIN


José Santugini




5 comentarios:

Montserrat Llagostera Vilaró dijo...

Hola: Y que continue, que ya estoy impaciente.

un abrazo amigos/as, Montserrat

Anónimo dijo...

Desde que se marchó mi mujer y mis dos hijos no habia visto tanta belleza junta. Gracias, gracias por la bocanada de aire fresco, gracias amigos.

Anónimo dijo...

---------El capitan destruye en vez de compartir o dar......?
ROSAURA

Marpin y La Rana dijo...

Un abrazo, Montserrat.

Anónimo dijo...

Yo una vez, me vestí de bucanera y destruí una Isla. Se llamaba La Isla de las Princesas. Y lo hice por amor.

Metafora con patas.