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lunes, 1 de marzo de 2010

RELATOS NUESTROS DE CADA DIA: REQUIEM POR EL PRIMO PACO.




"Junto al lecho de muerte". Much. (1895)
Imagen: Google Domino Público


El primo Paco no estaba bien. Lo intuíamos todos, pero cada cual tiene su vida y él estaba en manos de médicos. Tampoco se dejaba ayudar y mentía compulsivamente. - !Me encuentro genial! ¡Estoy de maravilla en la playa!- decía mientras le veíamos arrastrar su pesado cuerpo, móvil en mano, doblando la esquina.

Sus mentiras eran una excusa perfecta. Para él, a fin de no tener que dar dolorosas explicaciones. Y para nosotros, que nos agarrabamos a ellas para diluir la voz de la conciencia cuando se ponía pesada. Él se encerraba en su pequeña vivienda, pasaba semanas sin contestar al teléfono ni abrir la puerta. Colgaba un imaginario cartel que rezaba en mayúsculas "que os den". Harto de todo y todos, se escondía. Total, lo más que iba a obstener de sus semejantes eran palabras y no respuestas. Más su voluntario encierro no consiguió lo perseguido: perderse de vista a sí mismo, salvo al final.



Creo que nunca pudo asumir que no era el ser que sus padre esperaban. Un hombre hecho y derecho, un machote, como dios manda, que le diera nietos. Para zafarse de su realidad, primero quiso ser cura. Y la tía Luisa le quitó la vocación a base de chantajes emocionales y gimoteos. Después, intentó jugar a las casitas con una oronda andaluza que le dejó plantado con el piso puesto, cuando hizo sus cuentas comprobó que tras varios años de relaciones, no la había tocado ni un pelo. Tras la amarga experiencia, no volvió a repetir. A la lima y al limón, solterito se quedó.

Cuidó a sus padres y enterró a ambos. Quedaba la tía Vicenta, viuda y sola. Harto de cuidar viejos, se desentendió de ella con un sobre en el que escribió:

- "Ahí os dejo la documentación de la tía. Yo ya no la cuido más" .

Y cumplió su palabra, que ni siquiera fue a su entierro, y eso que la pobre mujer le adoraba y le había dejado la mitad de cuanto poseía. Al resto de familiares nos mandó un telegrama: - "No quiero volver a saber nada de ninguno de vosotros". A su buen amigo de siempre, enamorado en secreto de él toda la vida, lo echó a la calle cuando le dijo que asumiera su condición.

- !Yo no soy maricón, degenerado!- y le dió con la puerta en las narices.

La policía llamó al pariente más cercano. Era yo, su prima hermana. Los vecinos habían alertado de la ausencia prolongada del Sr. Ruiz y el olor en el rellano de la escalera era cada dia más intenso. Me dieron una mascarilla y entré a un hogar desolado y lleno de suciedad. Él estaba sentado con la cabeza inclinada sobre un hombro. Se había vuelto de color verde. A su izquierda, apilados en montones , todos sus papeles. El primero de la pila, el recibo al día en el pago de su seguro de defunción. Era lo único en orden de aquella casa apestosa y nauseabunda.

- "Es él"- dije yo y tomé el recibo que me tendía un inspector que acababa de vomitar hasta su higado en el descansillo. En la cocina, había tres botes de cristal vacíos y varias tabletas de medicinas sin una sola pastilla en su interior. Todos eran barbitúricos que tomaba por su enfermedad. La forense y otros agentes de la policía judicial, tomaban notas y fotografías. Los de la funeraria, acabada la inspección, cogieron el cuerpo para meterlo en una especie de funda impermeable. El primo Paco no aguantó y comenzó a licuarse, desmoronarse en las manos de aquellos pobres hombres, desparramando su verdosa carne entre líquidos oscuros. Llevaba muchos días muerto. Había que hacer la autopsia para determinar la causa de la defunción, para mí estaba clarísima. Yo, yo había visto en el interior de la vivienda a la causante de su muerte. Estaba oculta entre su bata de casa llena de bolas, el polvo acumulado en los muebles y su cama desecha sin sábanas y una manta mugrienta. Incluso la vi charlando con el fantasma de la tía Vicenta. La asesina del primo Paco había sido la soledad, con la complicidad de la intolerancia y la no aceptación propia.

- !Ay Paco, qué absurdo todo!- pensé yo.
- Y que lo digas- me contestó desde el saco cerrado- pero ya no tiene remedio.
- Descansa en paz al menos- le respondí sin convicción alguna.
- Lo veo difícil- le oí murmurar.
- Anda, sobrino, que te has lucido- le amonestaba la también difunta tía Vicenta.

Y se lo llevaron. Llamé a la funeraria.
- ¿Edad?- me preguntaron.
- 55 años- dije yo.
- ¿Fecha de su muerte?

No supe qué responder.

La Rana





5 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha encantado , antes he firmado como Himilce, pero no, no. Soy el tío Paco.
un beso

Anónimo dijo...

Hace falta en este mundo mucha más gente que dedique un poco mas de su tiempo, simplemente en pensar. Animo HIMILCE, sigue ahí

Anónimo dijo...

NO ME BORRES

Entidad Dual dijo...

Aquí seguiré. Esto es puro amor al arte.

Gracias por tus palabras.

Entidad Dual dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.