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lunes, 2 de septiembre de 2013

REPROCHES-2



No habían sido fáciles los últimos tiempos para Manuela. En los dos últimos años, le habían pasado tantas cosas, que hasta la capacidad de asombro le habían arrebatado. A su padre le diagnosticaron una enfermedad degenerativa e irreversible (E.L.A. Esclerosis Lateral Amiotrófica). Comenzaron los síntomas  con un dolor en las piernas que poco a poco le fue restando movimiento. De las muletas, pasó al andador, de ahí a la silla de ruedas. Luego la incapacidad de movimiento se extendió  a las extremidades superiores y los brazos dejaron de responderle. Con el transcurso  de los meses era un cerebro   absolutamente lúcido dentro de un cuerpo sin movimiento alguno, condenado a una cama y a una absoluta dependencia las 24 horas del día. Manuela no tenía hermanos ni nadie a quien recurrir, sólo su hijo de 20 años y ella,. Ambos  hicieron todo lo que humánamente pudieron por aquel enfermo al que se le escapaba la vida cada día un poco más, pero no era suficiente. No estaban preparados ni médica ni psiquicamente para atender a un enfermo así. Manuela se consumía día a día en la impotencia y comenzó la sensación de culpa, de que nunca hacía lo suficiente. La Ley de Dependencia, sólo sirvió paa que le recomendaran las instituciones -sin pagarla- a una supesta experta en ese tipo de enfermedades. Sin embargo, la verdadera experiencia de aquella mujer nacida en Bolivia  era el robo, y cuando Manuela se dió cuenta,  había expoliado a sus padres. Mientras Manuela día y noche le plantaba cara a la inevitable muerte de su padre sabiendo que cada día su final etaba más próximo,  el marido ante su ausencia, se dedicó a hacer lo que mejor sabía: beber y jugar en lo casinos. Después vino la muerte de su padre y la separación, con el absoluto abandono del padre hacia sus hijos a los que no quiso ver más. La denuncia a la boliviana, trajo consigo otra serie de complicaciones extremas. Aquella mujer se dedicaba a la prostitución y tenía como amigos a miembros de un clan rumano de delicuentes. Llegaron las amenazas de muerte y la policía alertó a Manuela del peligro real que corría,  aquellas personas no se andaban con tonterías. Su vida cambió radicalmente, y tuvo que acostumbrase a mirar hacia atras cada vez que salía a la calle, a tener ojos en la espalda, a cambiar temporalmente de dirección y a contratar seguridad. Tras eso, vino la operación a vida o muerte de su hijo. Un dolor en apariencia sin importancia, se convirtió en una peritonitis aguda, y además el muchacho tenía problemas en el corazón, La anestesista le dijo que no garantizaba que saliera vivo. Manuela se quedó en un pasillo de luces blancas sentada, completamente sola. No habia nadie a quien apratar una mano. Fue uno de los momentos más duros de su vida.Afortunadamente la juventud del muchacho prevaleció y pudo regresar a casa, no habían acabado los problemas. Una viga se había desplomado, y la casa se venía abajo. Tuvieron que abandonarla hasta que la reparación se llevó a efecto, llevandose casi todos los ahorros de Manuela. La tensión de lo vivido empezó a pasar factura: comenzaron dolores, temblores y calambres. El medico le habló muy claro: Manuela, la enfermedad de tu padre puede ser hereditaria. Se sometió a las pruebas, muy dolorosas algunas. Interminables horas de hospital. Completamente sola de nuevo, con la espada de Damocles sobre su cuello. De nuevo en los pasillos de los hospitales, sin nadie que la acompañara. Después su marido se llevó el negocio y le dijo que lo hacía porque ella no se merecía ni un teléfono después de 30 años trabajando.  Manuela sentía a veces que no podía más, pero seguía adelante, siempre adelante. Quitandose las lágrimas a manotazos, y escuchando las voces que seguían diciendo que ella tenía la culpa de todo...que era muy buena quejándose. Llegaron a reprocharle que tenía buen aspecto. ¡Si realmente estuvieras mal no estarias así! Manuela sentía que su circulo de visión se cerraba, cada vez era más pequeño, y más oscuro. Un día pensó: estoy muerta. Y posiblemente llevaba razón.

RANITA

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