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martes, 24 de enero de 2012

LA MONJA ALFEREZ


Catalina Erauso. La monja alferez.


Corría el año 1596, cuando una criatura de cuatro años llamada Catalina fue internada y enclaustrada en el convento de San Sebastián el Antiguo: Parecía que su suerte estaba echada, pues además su tía era la priora del lugar, pero el destino o la osadía de aquella muchacha, decidieron otra cosa. Nunca llegó a procesar como monja y se convirtió en  Pedro de Orive o Francisco de Loyola o Alonso Díaz Ramírez de Guzmán o Antonio de Erauso, múltiples identidades para definir un carácter pendenciero, amigo de disputas y peleas, de tabernas y de una vida absolutamente vetada a una mujer y más aún a una religiosa. Se embarcó dos veces para América, y fue de aventura en aventura, de trifulca en lid y de mamporro en  bofetada. Tenía una habilidad especial para meterse en líos por su carácter bravucón y chulesco, más la suerte le ayudaba siempre  a salir de los embrollos bastante airosa. Vivió la vida de un hombre dentro de un cuerpo de mujer disimulado por sus ropajes y ademanes masculinos.

En Sanlúcar de Barrameda se embarcó para las Américas en un galeón del capitán Esteban Eguiño. Tras pasar por Cartagena de Indias, el navío volvía ya a España, pero Catalina le robó 500 pesos a Eguiño y se escapó embarcándose para Panamá. Allí se acomodó con otro soldado, con quien se salvó de un naufragio. Le gustaban las mujeres, y así lo dejó dicho en sus memorias. Alta, andrógina, con pechos pequeños y voz grave, no le resultaba difícil disimular su condicion femenina. En Chile, Catalina participó en algunas de las más terribles y crueles batallas contra los nativos. Después se produjo uno de los episodios más tristes de la novicia-soldado. En una pelea, tuvo la mala fortuna de matar a su hermano. Le enterró  y escapó caminando por la costa hacia Tucumán. Sin agua, sin comida, Catalina describe cómo sacrificó a su caballo buscando algo que llevarse a la boca. Matanzas, heridas, seduciones a mujeres de las que luego debía dejar  escapar,  y muchos avatares tuvo Catalina en esos tiempos. En Guamanga, con una herida de espada y al borde de la muerte,  confesó al obispo del lugar su verdadera identidad y su delirante trayectoria. Unas matronas testificaron no sólo que era mujer, sino además virgen. Así que el obispo perdonó los excesos, la vistió de nuevo de monja y la metió en un convento. Todos pensaban que la Inquisición se cebaría con ella, sin embargo se hizo famosa y volvió a su patria despertando tanta sorpresa,  que la recibió el mismísimo rey Felipe IV y le concedió una pensión como soldado. Pero lo más sorprendente de todo, es que el  Papa le otorgó la facultad de usar ropas masculinas y la posibilidad de ser en público lo que siempre había querido ser.


Post basado en un artículo  de la Revista "Muy Interesante"
José, para El Blog de Marpín y La Rana



2 comentarios:

Houellebecq dijo...

Me gustan los hechos históricos y perderme en esas historias añejas así que estos posts me encantan. En todos los tiempos cuecen habas. Y todo se ha vivido. Incluso lo inimaginable.

SOLEDAD BENÍTEZ dijo...

Hola amigos.
Es realmente admirable la valentía de esta mujer.
Gracias por dejarnos esta información tan interesante.
¡Besos y hasta pronto!